Es cierto que el ciberterrorismo está evolucionando, sin embargo  aún no ha tomado la forma de una amenaza global capaz de enfrentar a unos estados contra otros de manera directa y convencional.

En 2015 el ex analista de la NSA, Edward Snowden declaró durante una entrevista a la televisión japonesa que el ciberterrorismo en la actualidad se parece mucho a estrategias propagandísticas de ciertos grupos radicales contra objetivos específicos. Entonces, el ciberterrorismo es menos un polvorín hacia una Tercera Guerra Mundial que la suma de actos focalizados buscando resonancia mediática global.

De hecho, según el académico español Manuel Torres, los actos de ciberterrorismo en nuestros tiempos están restringidos a los recursos, las capacidades y el alcance que disponen ciertos colectivos autoidentificados con tipos de fundamentalismos religiosos, ideológicos y políticos. Dentro de los límites de todo ello, un ciberterrorismo de estado es menos conveniente para las relaciones internacionales en el orden mundial actual como prohibitivo puede resultar para pequeñas organizaciones que no tienen acceso a grandes recursos técnicos, financieros y de movilidad geográfica.

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Entre las proezas más grandes del ciberterrorismo sectario se pueden contar hoy el ataque a ciertos sitios web de gobiernos, corporaciones trasnacionales e instituciones asociadas a la defensa de ciertas causas sociales, sin embargo aún no existen registros de actos ciberterroristas que hayan acabado con el secuestro, modificación o eliminación de datos e información altamente sensible y confidencial de estados asociados a la defensa o desarrollo de proyectos especiales de alto impacto global.

En esta línea, lo más cercano que la voluntad humana ha llegado ha venido de la mano de iniciativas particulares no criminales, como WikiLeaks o las polémicas declaraciones de Snowden hace unos años.

Es poco probable que en el corto plazo el ciberterrorismo se incorpore en las estrategias bélicas de los estados, es decir, como un arma de guerra. En todo caso, los gobiernos más poderosos del mundo están avanzando en diseño de políticas anti-ciberterrorismo basadas en neutralizar los ataques contra blancos virtuales específicos, pero también estas acciones están dirigidas a identificar y dar cacería a los principales protagonistas de estas aventuras.

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