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Red Uno Bolivia.- La película que tiene una duración de 143 minutos, es la más asombrosa epopeya metafísica de la historia del cine. Para todos, “2001: Una odisea del espacio” es una obra fascinante, tan compleja y polisémica hoy como cuando se estrenó hace 50 años. En la próxima edición del Festival de Cine de Cannes se le rendirá homenaje en la sección de clásicos.

Solo un genial narcisista, un autor, en toda la extensión de la palabra, como Stanley Kubrick (1928-1999), podía convertir en imágenes una historia tan compleja como esta, basada (con ciertas licencias) en el relato “El centinela”, de Arthur C. Clark, quien, asimismo, fue coguionista junto al director.

Se estrenó el 2 de abril de 1968 en Washington y fue expuesta en salas en Nueva York un día después y galardonada con el Óscar a los mejores efectos visuales y tres Bafta (mejor fotografía, mejor sonido y mejor diseño de producción).

En ese momento sucede “El amanecer del hombre”, como se titula la primera parte del filme, que se rodó, entre otros lugares, en el desierto de Tabernas (Almería, España).

 
 

Dos años más tarde, en 2001, una expedición viaja a Júpiter integrada por cinco astronautas, tres en estado de hibernación y dos despiertos -los doctores Dave Bowman (Keir Dullea) y Frank Poole (Gary Lockwood)- y un supercomputador llamado HAL 9000, el tercer mito icónico de la película.

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HAL 9000 es el verdadero “factotum” de la expedición. De él depende casi todo, incluso que el viaje tenga éxito o no. Su inteligencia es cada vez menos artificial y progresivamente más “natural”. Pero solo es una máquina.

Y esa es la clave que quiere mostrarnos Kubrick: romper con la máquina, desprogramarla.

Un enorme dilema, pues HAL 9000 implora que no lo desprogramen. Pero es necesario hacerlo para poder llegar a Júpiter, es decir, para poder alcanzar el estado de “superhombre”, el renacimiento de un nuevo ser, casi embrionario, que nace al encuentro de la Tierra, como dice Nietzsche en su libro.

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