El conflicto no es el problema, sino cómo se gestiona. Especialistas explican la diferencia entre un bache pasajero y un desgaste estructural donde el amor se vuelve una "repetición vacía".
08/05/2026 19:30
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En el complejo universo de las relaciones afectivas, el quiebre de una pareja rara vez ocurre por un evento explosivo y repentino. Por el contrario, suele ser un proceso gradual: una sucesión de silencios, charlas que pierden profundidad y una distancia que se instala como un habitante más en el hogar.
Sin embargo, no toda crisis es el preludio de una ruptura. El desafío para muchas parejas hoy es distinguir entre un síntoma que puede trabajarse y un modo de funcionamiento que ya solo genera sufrimiento, según publica Clarín en un extenso reportaje.
Del diálogo a la defensa: El cambio de rol
Para la psicóloga y sexóloga Jacqueline Orellana, la clave no está en la ausencia de peleas, sino en la capacidad de simbolizarlas. Según explica, la relación amorosa siempre implica conflicto; lo patológico aparece cuando este no puede ponerse en palabras y, en su lugar, se actúa con silencio, agresión o indiferencia.
Una de las señales de alerta más críticas surge cuando cambia el lugar que el otro ocupa en el vínculo. El desgaste se vuelve evidente cuando el compañero deja de ser alguien con quien hablar y pasa a ser alguien de quien hay que defenderse. A partir de ahí, se pierde la curiosidad por lo que le pasa al otro y aparece la "contabilidad afectiva", donde todo se mide en términos de quién da o quién pierde más.
El sexo como termómetro, no como sentencia
Existe la creencia de que la falta de sexo equivale al fin del amor, pero las especialistas matizan esta idea. La sexóloga Romina Barraza señala que la ausencia de intimidad puede ser circunstancial —debido al estrés, la crianza o el cansancio— y no representa una crisis si aún existe afecto, contacto físico y posibilidad de hablar del tema.
El verdadero problema surge cuando la falta de deseo se acompaña de resentimiento, evasión o una distancia emocional insalvable. El deseo necesita cierta distancia y misterio; en los vínculos donde todo es previsible y excesivamente transparente, el deseo suele apagarse. En esos casos, la intimidad funciona como un termómetro que marca la salud general del vínculo.
¿Cuándo vale la pena trabajar la relación?
La diferencia entre una dificultad pasajera y un problema estructural radica en la repetición. Mientras que las crisis suelen ser disparadas por factores externos (cambios laborales o familiares) y mantienen su sostén, los problemas estructurales son aquellos que regresan una y otra vez con distintos disfraces, generando una sensación de estancamiento.
Hay margen para sostener la relación cuando, aun con malestar, existe lo que los expertos llaman "implicación subjetiva". Esto ocurre cuando cada uno puede reconocer su propia parte en lo que sucede y mantiene el deseo genuino de entender al otro en lugar de simplemente querer tener la razón.
El límite de lo saludable
Por el contrario, la continuidad deja de ser una opción cuando el vínculo produce más sufrimiento que posibilidad de crecimiento. Los especialistas coinciden en que se debe poner un límite definitivo si aparecen dinámicas de violencia (explícita o sutil), desresponsabilización total —donde uno de los dos asume que "el problema es el otro"— o si se pierde el respeto y la dignidad.
En última instancia, amar no es la ausencia de malentendidos, sino la capacidad de alojarlos y transformarse con ellos. La pregunta vital para cualquier pareja no es solo si la relación "funciona", sino si en ese espacio todavía es posible desear y hablar. Donde la palabra insiste, incluso en la dificultad, todavía hay un lazo que vale la pena cuidar.
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