Crónica especial en homenaje al mes aniversario de Santa Cruz de la Sierra.
17/09/2026 21:24
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Santa Cruz de la Sierra se ha consolidado como el punto de encuentro y motor de vida para personas provenientes de distintas latitudes y ámbitos profesionales. A través de las voces del ingeniero Samuel Zepita, la gestora cultural Anna Agramont, el músico Helmut Jahnsen y el periodista Miguel Vargas Saldías, esta crónica reconstruye el periplo de quienes llegaron a la capital oriental buscando nuevos rumbos y terminaron echando raíces profundas en su suelo.
El llamado del Oriente: dejar la tierra natal por nuevos horizontes
Las razones para emprender el viaje hacia el llano cruceño son tan diversas como las trayectorias de sus protagonistas. En el ámbito industrial, la llegada de Samuel Zepita estuvo impulsada por un hito técnico: "Por motivo de trabajo, llegué a Santa Cruz, al montaje de la primera planta de cemento".
Para Anna Agramont, la partida respondió a la urgencia de renovar su entorno profesional: "Me motivó la necesidad de un cambio de ambiente. Necesitaba alejarme del sistema burocrático de la ciudad y de personas que no aportaban nada bueno a mi vida; una ciudad que se estancó en el mismo círculo durante años y así continúa". Con similar convicción, Helmut Jahnsen califica su salida de La Paz como una decisión vital: "¿Qué me motivó a irme? Más que impulso, fue una necesidad de supervivencia mental. Allá, si eres profesional independiente... te mueres de hambre en el intento... Te lo dice un paceño que cambió el blanco del Illimani por el pulso ardiente de esta tierra verde".
Por su parte, Miguel Vargas Saldías encontró en el oriente la combinación ideal de clima y tranquilidad: "Decidí marcharme porque necesitaba otro ambiente: un clima más cálido, una carga menos política en el día a día y nuevos desafíos profesionales".
El bautizo de fuego: primeras impresiones, el calor y la geografía de los anillos
El arribo a la capital cruceña supuso un contraste térmico y espacial inolvidable. Helmut Jahnsen recuerda vivamente su llegada: "Mis primeras semanas fueron un bautizo de fuego, literal... Enfrentarme a 37 grados sin anestesia fue un 'despertar'... shock total". A ello se sumó el desafío del trazado urbano: "acostumbrado a las montañas... aquí me pasé horas dando giros circulares porque no atinaba ni con el primer anillo".
Anna Agramont evoca una impresión semejante marcada por el desconcierte térmico: "Fue terrible: morí de calor, estaba sola y sin mis hijos... Los primeros días sufrí un golpe de calor que casi me hizo desmayar en la calle... Fue difícil adaptarme a la estructura de la ciudad, es decir, a los anillos y las radiales". No obstante, la escala de la ciudad la cautivó de inmediato: "La impresión inicial fue la inmensidad. Es enorme... Pero amé desde el principio la naturaleza, los árboles y los animales. Jamás había visto tantas clases de pajaritos y mucho menos un perezoso".
En contraste, para Miguel Vargas la adaptación inicial fue fluida: "las primeras semanas no fueron un gran cambio; solo volver a recorrer esas calles, ver a los amigos y acomodarme en una ciudad cálida y amable". Samuel Zepita sintetiza esa etapa en el clima y el carácter de la gente: "El cambio de temperatura y me fui acostumbrando, los cambas son bromistas".
La alquimia del lenguaje y la cotidianeidad cruceña
La adaptación a la vida cotidiana exigió asimilar nuevos modismos, ritmos y formas de vestir. Helmut Jahnsen relata su metamorfosis de indumentaria y lenguaje: "El primer gran reto fue dejar de derretirme y aprender a vivir en chancletas, short, una chistosa mezcla de chancletas y camisas de manga corta con sombrero de pescador". Asimismo, en el transporte público cambió el trato protocolar por la brevedad del llano: "En los micros ya no pido con poesía andina... aquí aprendí el catecismo urbano: pare, bajo, puerta, cobre".
Anna Agramont califica el rigor térmico con humor: "Acostumbrarse a las distancias y tener que recorrerlas bajo un calor abrasador es un deporte extremo; es el death metal hecho clima". Sobre la jerga cruceña, añade: "Hay varias palabras cruceñas que ya hice mías, como 'ratingo' y 'pillar'".
Por su parte, Miguel Vargas integró rápidamente la modulación local a su habla cotidiana: "Ahora digo 'soda' y no 'refresco', digo 'me hizo la piedra' cuando alguien me planta y hay palabras que me encantan, como 'junte', una palabra muy específica para una reunión informal de amigos". Mientras tanto, Samuel Zepita tuvo que aprender a navegar la ambigüedad de ciertas expresiones: "Algunas palabras en colla (del occidente) aquí es una mala palabra, pero ya me adapté, ya no lo hablo con los cambas, sí con mis paisanos".
El momento de echar raíces: de lugar de paso a verdadero hogar
El arraigo definitivo aconteció a través de experiencias afectivas, familiares y conquistas profesionales. Para Samuel Zepita, el vínculo quedó sellado por la familia y el trabajo: "Nació mi hijo en Santa Cruz y también por el trabajo", lo que con los años lo convirtió en padre y abuelo en esta tierra.
En el caso de Miguel Vargas, el sentido de pertenencia se manifestó en gestos cotidianos y lazos afectivos: "Cuando llego a mi casa, miro el cielo despejado con nubes que corretean sobre el azul, suspiro y sé que estoy en casa. Cuando la gente me reconoce y me charla, en el saludo de los vecinos... Y cuando decidí adoptar a mi gato, Nosferatu, supe que, de alguna manera, era formar familia aquí".
Para la gestión cultural de Anna Agramont y Helmut Jahnsen, el triunfo de sus producciones marcó el hito de consolidación. Anna destaca: "Uno fue el estreno de una obra que hicimos con Comunidad Metal Bolivia y el Coro Domus Artis UAGRM: el Carmina Burana versión Metal, nuestro primer concierto totalmente exitoso". Helmut remarca el valor de abrir espacios de libertad artística: "Traer a Bolivia la franquicia del Wacken Metal Battle desde Santa Cruz... 'Aquí hay cabida para los locos que queremos soñar despiertos'".
Aporte al desarrollo y homenaje en su mes cívico
Cada uno de los entrevistados retribuye a Santa Cruz desde su propia trinchera de trabajo. Samuel Zepita dejó su huella en el crecimiento físico de la metrópoli: "Aporté al desarrollo cuando monté la planta de Cemento y empezó las construcciones de edificios y carreteras. A seguir adelante como siempre, el camba es alegre, ya empezó la fiesta y con la música y comidas típicas a orillas del río".
En la esfera artística y formativa, Anna Agramont reafirma su compromiso de crecimiento continuo: "Me siento muy comprometida con aportar al desarrollo de esta hermosa tierra... El mensaje que le dedico a esta tierra es: 'Lo que ella me dé, yo haré que florezca'".
Finalmente, Helmut Jahnsen resume su gratitud hacia la ciudad en un emotivo saludo de aniversario: "Gracias por acoger a este rockero renegado, por enseñarme que todo aquí brota y florece con generosidad... y por recordarme, a golpe de Rock, que uno siempre está a tiempo de darse el lujo de volver a soñar y volverse a enamorar. ¡Felicidades mi hermosa Santa Cruz de la Sierra!".
