TEMAS DE HOY:
PUBLICIDAD

El desencuentro como forma de acuerdo deleznable

Escuchar esta nota

Lo que ayer se firmó como "acuerdo" entre el gobierno y la COB no es otra cosa que una tregua de cortísimo plazo, un parche pegado con alfileres sobre una herida que no ha sido diagnosticada. Los plazos y los reencuentros irresueltos son la prueba de que el problema de fondo no es político en el sentido estricto, sino de germen histórico y cultural.

Bolivia: Archipiélago de lógicas

Unos creen vivir en la modernidad republicana; los otros, en la irrupción de un modelo social de dominación cultural. Bolivia no es una nación en el sentido moderno, sino un archipiélago de lógicas que no logran articularse para alcanzar un acuerdo de convivencia.

Lo que puede consolarnos, si es que la palabra "consuelo" cabe en este drama nacional, es que no somos únicos. Canadienses, españoles, malasios, todos padecen dilemas similares. Pero en esos países, el modelo republicano y la lógica occidental, de algún modo, están fuera del debate.

Aquí, en cambio, el drama -o el lamento boliviano, de oriente y occidente- es que unos quieren modernidad y otros quieren experimentar algo desconocido, que camina a contramano, como el reloj de Choquehuanca, que se impacta sin defensa contra el curso de la historia global.

Desde ambos bandos se argumenta su calidad de víctimas: a unos no se los reconoce y permite ser; y los otros se sienten como adolescentes porque no se los comprende y deja crecer como quieren.

Análisis desde la sociología weberiana

Desde la sociología weberiana, Bolivia es una sociedad en la que coexisten comunidades (Gemeinschaft) y sociedades (Gesellschaft) sin lograr una síntesis estable. Los pueblos indígenas del altiplano y valles, con su control social primario y su lógica comunitaria, operan bajo una racionalidad que no es la del Estado moderno.

Y el Estado, a su vez, no logra canalizar el monopolio de la violencia ni su racionalidad burocrática sobre esos territorios, para imponer el Estado de derecho. Porque en dos terceras partes del territorio, la ley no es asumida en la forma institucional, sino simulada.

Los "otros" de la modernidad boliviana

Los pueblos aimaras y quechuas han sido durante décadas los "otros" de la modernidad boliviana. Lo que Arguedas llamaba desde su mirada afrancesada "el pueblo enfermo" no era solo el atraso y la marginalidad de unos, sino la virulenta indiferencia de las estructuras del poder.

Su reiterada irrupción más exitosa en la política nacional (1991-2006) fue vista como una revolución de las identidades, y la sociedad entera terminó aceptándola como algo irremediable, con la ilusión de que incluirlos en las frágiles estructuras del Estado y la política boliviana resolvería la deuda histórica.

Pero esa inclusión fue solo simbólica. No supo prever que la lógica de la política criolla y corrupta era también permeable a estos actores que lucharon siglos por su ciudadanía étnica.

La escisión y el habitus estratégico

Lo que hoy vemos es la escisión de esa irrupción: por un lado, una retórica de origen y soberanía histórica que era legítima; por otro, que la herencia ladina y alienación europea del criollaje se hizo carne en estos "movimientos sociales" que aprendieron a negociar el poder y los privilegios del mismo modo que las élites mestizas.

Bourdieu nos ayudaría a leer esto como un campo de fuerzas donde los agentes indígenas han aprendido a jugar con las reglas del campo político sin abandonar del todo las reglas de su propio campo comunitario. Eso que Bourdieu llamaba habitus no es otra cosa que prácticas, percepciones y elecciones que moldean el comportamiento en diferentes contextos.

Son híbridos estratégicos: hablan el lenguaje de los derechos colectivos, pero también el de la negociación clientelar. No hay aquí contradicción, sino adaptación a un campo que exige ser dos cosas a la vez para sobrevivir. El arte del fingimiento, tan antiguo como el poder mismo.

Control social primario vs ciudadanía moderna

Lagarde, por su parte, nos recordaría que la conciencia comunitaria autogestionada tiene una lógica de control social primario que en las sociedades urbanas sería percibida como autoritarismo o "vandalismo". El látigo, el castigo físico, la presión del colectivo sobre el individuo que se reivindica diferente, son mecanismos que garantizan la cohesión del grupo en contextos de precariedad, debilidad y marginalidad.

Pero cuando esos mecanismos se trasladan al espacio público nacional, como los bloqueos, la toma de carreteras, chocan con otra lógica: la de la ciudadanía moderna y urbana, que exige derechos individuales, mediación estatal y reglas de juego universales.

Porque un ciudadano es interdependiente de los otros que habitan los territorios urbanos. Por eso las ciudades sufren los bloqueos, mientras los campesinos los experimentan como espacios de resistencia cíclica.

Bloqueos: emancipación vs presión

Aquí la distinción weberiana es fundamental: en las comunidades menores, el bloqueo no es una medida de presión más, sino un acto de emancipación, una forma de guerra que no reconoce la distinción entre lo civil y lo militar, entre lo público y lo privado.

La "fuente ovejuna" opera como una forma de justicia colectiva donde el mal es percibido como un acto de supremacía histórica y cultural, y el bienestar comunitario se impone sobre cualquier derecho individual o bien común de los otros.

En la sociedad urbana, en cambio, la política es un proceso de flujos y reflujos, donde no hay victorias definitivas ni derrotas absolutas. La democracia liberal supone que el conflicto entre diferentes se resuelve mediante reglas concertadas entre partes, aceptando que la imposición debe basarse en el peso de las mayorías.

Pero en Bolivia, las dos lógicas conviven sin articularse, y esa convivencia irresoluta es autodestructiva: cada vez que una de ellas pretende imponerse sobre la otra, el sistema se fractura o su viabilidad es condicionada.

La paradoja de la integración económica

Lo más fascinante de esta crisis es que, a pesar de la fragmentación social y política, Bolivia es un sistema económico y cultural integrado. Santa Cruz produce, pero su producción se realiza en un 75% en el mercado cautivo de las ciudades del occidente.

Los bloqueos en La Paz y Cochabamba no solo paralizan el transporte y el comercio local, sino que también dejan a Santa Cruz sin sus principales mercados. Esa es la paradoja de la integración: nadie puede vivir sin el otro, pero todos quieren vivir sin el otro.

Hegel sedujo a Marx para asumir la dialéctica como modo de pensar la historia, y fue la metáfora del amo y el esclavo. Se odian, pero se necesitan. Uno quisiera ser el otro, y el otro quisiera que el primero desaparezca, pero lo necesita para permanecer en el mundo, "negación de la negación" sin ambages.

El límite del modelo exportador cruceño

El sueño exportador de Santa Cruz es, en este contexto, una ilusión estratégica que requiere fortalecer condiciones y capacidades. Hasta que eso no ocurra, su destino seguirá siendo occidente.

Porque en este momento, los gigantes de la región —Brasil, Argentina, Chile, Perú— producen lo mismo que Santa Cruz, y lo producen con ventajas comparativas y competitivas abismales. Creer que se puede competir con ellos es "creernos parte de un león siendo cabeza de un ratón".

La verdadera integración no pasará por la exportación solamente, sino por la construcción de un mercado interno sólido, que a su vez requiere de un pacto político y económico transparente entre estas lógicas divergentes. Los cruceños la perciben desde la política como la relación entre el Estado y Santa Cruz, como si Santa Cruz fuera una entidad ajena al Estado.

Santa Cruz y sus élites son parte del Estado y del gobierno desde hace décadas; siempre estas élites han enmascarado sus acuerdos para mantener el statu quo.

Economías ilegales y ausencia estatal

La vinculación de algunos sectores indígenas con el narcotráfico, la minería ilegal y el contrabando no es un accidente, sino una respuesta estructural a la marginalidad y al avasallamiento cultural. Son "territorios autogestionados y regulados internamente" que han encontrado en la ilegalidad una forma de subsistencia y de resistencia.

No es legal, pero es legítima ante el abandono histórico y la marginalidad de estos pueblos. Bourdieu hablaría de estrategias de reproducción en un campo donde las reglas legales no ofrecen oportunidades reales. Weber vería allí una racionalidad con arreglo a fines: los agentes eligen los medios que tienen a su disposición para alcanzar sus objetivos, incluso si esos medios son ilegales.

Lo que no quiere decir que estos gérmenes de Estado paralelos sean viables. El desafío del Estado boliviano no es reprimir estas economías ilegales, sino ofrecer alternativas reales que hagan innecesaria la ilegalidad.

Pero eso requiere de una presencia estatal que hoy no existe en vastas regiones del país, y cuya debilidad está ampliamente demostrada.

Desconfianza histórica y reconocimiento mutuo

Finalmente, la insondable desconfianza de los pueblos indígenas hacia el Estado y hacia los criollos no es un capricho, sino una herencia histórica de siglos de explotación y exclusión. Por tanto, se debe asumir la parte de la responsabilidad en lo que hoy sucede.

Lagarde nos recordaría que esa desconfianza es también una forma de autonomía y resistencia: no confiar en el otro es una manera de preservar la propia identidad y de no entregar el control de la vida comunitaria a poderes externos incapaces de ofrecer perspectivas de vida dignas.

Los conflictos estructurales no se resuelven con acuerdos artificiosos. Se resuelven con reconocimiento mutuo y con la construcción de instituciones que puedan procesar la diferencia.

Pero ese reconocimiento requiere de un paso que ninguna de las partes está dispuesta. Los liberales urbanos tendrían que aceptar que los pueblos indígenas no son una "rémora", sino una forma de vida con su propia racionalidad y su propia historia, y que su modelo no puede funcionar si el mercado y los trabajadores no son parte del mismo modelo, porque la mayoría de los que compran sus productos y producen sus bienes son campesinos e indígenas, collas y cambas.

Por otra parte, los pueblos indígenas tendrán que aceptar que el Estado moderno no es solo una imposición colonial, sino también una herramienta que puede ser utilizada para garantizar derechos y oportunidades. Que las sociedades en todo momento tienen y requieren mecanismos de gestionar el orden a través de un sistema regulado, por lo que toca pensar y repensar ese modelo de Estado en el que todos quepan y nadie se sienta afuera.

Conclusión: Construir una tercera lógica

La salida no pasará por la victoria de una lógica sobre la otra, sino por la construcción de una tercera lógica, que integre lo mejor de ambas. Pero esa integración no puede ser impuesta desde arriba; debe ser negociada desde abajo, en el territorio, en las comunidades, en las ciudades.

Dejemos de pensar en el Estado central como hacedor de todo, está demostrado que no puede, y tratemos de construir comunidades regionales sobre objetivos comunes que fortalezcan las debilidades de un Estado central, que hoy demostró no tener poder ni el monopolio sobre la violencia "legítima".

Mientras tanto, la crisis seguirá siendo la única constante. Y el desencuentro, la estructura.

Aviso Editorial de Red Uno - Los artículos que son publicados en nuestra sección Opinión dentro de reduno.com.bo, corresponden únicamente al criterio de sus autores y no son parte de la línea editorial de Red Uno.

Mira la programación en Red Uno Play

PUBLICIDAD
Comentarios
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD