Mientras miles de hinchas soportan largas filas bajo el sol y viajan hacinados en el transporte público, la élite financiera y política despliega una logística exclusiva de helicópteros, suites de 8 millones de dólares y pases VIP para aislarse del caos.
16/07/2026 19:21
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El trayecto de apenas 15 kilómetros que separa a Manhattan del estadio de Nueva Jersey es, para el fanático común del fútbol, un auténtico suplicio. Implica soportar horas de espera bajo un sol abrasador frente a Penn Station para luego viajar apretado en el transporte público hacia Meadowlands. Sin embargo, en el mismo torneo donde la Copa del Mundo invirtió $1 billón de dólares en sistemas de seguridad, se desarrolla otra realidad paralela: un circuito exclusivo donde los multimillonarios pagan fortunas para evitar cualquier contacto con las multitudes.
"Es el Superbowl para los ultraprivilegiados", definió Hans D. Rearick, un inversionista privado que actualmente vuela entre Estados Unidos y México para asistir a los partidos. "La desigualdad está recibiendo un golpe directo en la cara ahora mismo".
Traslados de lujo por aire, tierra y mar
Mientras la masa de aficionados se empuja en las estaciones, bajo la sofisticada torre de oficinas Solow, cerca de la Quinta Avenida, la escena es muy distinta. Guardias privados autorizados por la FIFA resguardan camionetas Mercedes-Benz Sprinter con pases especiales. Su misión: trasladar con aire acondicionado y discreción absoluta a altos ejecutivos y clientes del fondo soberano de Qatar —valuado en 600.000 millones de dólares— directo a sus suites privadas, esquivando los controles habituales.
Para los banqueros de firmas como Bank of America o Goldman Sachs que asisten a los partidos directo desde el piso de operaciones, el cielo es la ruta preferida. El epicentro de esta logística es Teterboro, un aeropuerto privado en el norte de Nueva Jersey a solo 10 kilómetros del estadio.
Allí, la aerolínea Blade Air ofrece vuelos en helicóptero de cuatro minutos desde Manhattan por 6.000 dólares para seis personas. Si el viaje es desde los exclusivos Hamptons, el costo asciende a 10.000 dólares, una tarifa que triplica el precio habitual debido a la alta demanda corporativa y que se ha agotado en los días de partido. El negocio es tan redondo que un destacado abogado de fusiones y adquisiciones llegó a cobrar 10.000 dólares solo por alquilar su hangar privado a clientes, mientras envió su propio avión a otro estado.
Suites de $8 millones y el dilema corporativo
Una vez en el estadio, la carrera por la exclusividad se traslada a los palcos. La suite más cara en el recinto de Nueva Jersey, ubicada en el segundo nivel a mitad de cancha, tiene un valor de 8 millones de dólares.
La competencia entre las altas finanzas por estos espacios es feroz. Una banquera de inversión tuvo que redactar un extenso memorando para convencer a sus jefes de que le asignaran entradas de la empresa. Irónicamente, el departamento de cumplimiento normativo de uno de sus clientes internacionales rechazó los asientos —en la fila 11— por considerar que eran tan costosos que su aceptación podría infringir las leyes extranjeras contra el soborno.
Por otro lado, prestigiosos bufetes de abogados como Paul Weiss recibieron numerosas entradas gratuitas a cambio de realizar trabajos pro bono para los comités organizadores locales, lo que les garantizó asientos "realmente buenos", a pesar de las controversias pasadas de la firma por este tipo de acuerdos.
El fútbol como el último refugio del dinero
En un contexto político donde los socialistas demócratas ganan terreno y los magnates tecnológicos construyen búnkeres para el fin del mundo, el Mundial se ha convertido en un respiro para los más ricos. "Un lugar donde el dinero todavía puede comprar un buen rato, aunque quizás no un trofeo", señala el reporte de The New York Times.
Como muestra, el multimillonario Kenneth Griffin, gestor del fondo de cobertura Citadel, subsidió con varios millones de dólares el salario del entrenador de la selección de Estados Unidos. Griffin adquirió una suite en Nueva Jersey y gastó una suma desconocida en entradas para sus empleados en Seattle, donde viajó el lunes pasado solo para ver a su "inversión" ser eliminada por Bélgica en los octavos de final.
Incluso los actos de generosidad en este torneo tienen cifras astronómicas. El capitalista de riesgo Hemant Taneja pagó más de 50.000 dólares por 26 entradas en la novena fila en Santa Clara, California, para regalárselas a sus empleados. Eso sí, los invitados tuvieron que pagar sus propias cervezas a 24 dólares cada una. Para la gran final en Nueva Jersey, donde los mejores asientos rozan los 100.000 dólares en la reventa, Taneja decidió simplificar las cosas: solo compró dos boletos para asistir con su esposa.
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