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17/03/2019 - 20:06

Tecnología

El paladio ya es más caro que el oro: por qué este metal precioso es tan valioso para nuestros coches y dispositivos electrónicos

El paladio nunca ha sido un metal barato. Es escaso y tiene un sinfín de aplicaciones, y en estas circunstancias son las leyes del mercado las que mandan.

La escasa oferta y la importante demanda solo pueden acarrear una consecuencia: su precio necesariamente será alto. Aun así, que a principios del pasado mes de enero haya conseguido superar el precio del oro, algo que no sucedía desde 2002, y se haya colocado como el metal precioso más cotizado del planeta, sorprende.

Sí, el paladio es escaso, pero… ¿por qué es tan valioso? Sencillamente, porque sus propiedades fisicoquímicas lo hacen idóneo para ser utilizado en los catalizadores de los coches de gasolina y diésel. Y también en los condensadores y otros componentes de nuestros dispositivos electrónicos. Estas son las dos aplicaciones más frecuentes, pero tiene otras también importantes. Hay quien incluso asigna a este metal un rol esencial en ese bonito sueño que es la fusión fría, y que, por el momento, no tiene visos de hacerse realidad. Al menos a medio plazo. Estas son algunas de las razones por las que merece la pena que conozcamos un poco mejor el paladio.

Un metal precioso por derecho: qué es y dónde se encuentra

El paladio es un elemento químico con número atómico 46, lo que significa que un átomo de este elemento tiene 46 protones en su núcleo y otros tantos electrones orbitando en torno a él. La coincidencia entre el número de protones, que tienen carga eléctrica positiva, y el de electrones, que tienen carga eléctrica negativa, es una propiedad que provoca que la carga eléctrica global del átomo sea neutra. El símbolo que nos permite localizarlo en la tabla periódica de elementos es Pd, y forma parte del grupo del platino, que está constituido por seis metales, debido a que sus propiedades fisicoquímicas son muy similares.

 

Este es, grosso modo, el argumento al que han recurrido durante las últimas décadas varios científicos para asegurar que habían conseguido recrear en su laboratorio la tan ansiada fusión fría. Dos de los casos que tuvieron más repercusión debido a la talla de los científicos involucrados en ellos fueron el de los electroquímicos Martin Fleischmann, británico, y Stanley Pons, estadounidense, en 1989, así como la demostración del físico japonés Yoshiaki Arata y su equipo, en 2008. Todos ellos recurrieron, entre otros elementos químicos, al paladio, y afirmaron haber llevado a cabo la fusión fría con éxito.

El problema es que sus experimentos no pudieron ser replicados a posteriori por otros equipos de investigación, una condición inexcusable para dar como válido su logro, por lo que la fusión fría fue perdiendo interés. Desde entonces otros científicos han hecho esfuerzos muy importantes para entender los experimentos que giran alrededor de las reacciones nucleares de baja energía, y los últimos hallazgos reflejan que lo que realmente sucede no es que los núcleos atómicos se fusionen entre sí, sino que los protones y los electrones interaccionan dando lugar a nuevos neutrones. En cualquier caso, es una línea de investigación interesante y es probable que nos depare alguna sorpresa durante los próximos años.