Uno de los principales retos es evitar que la ética empresarial se reduzca a un conjunto de documentos que se conocen, pero no necesariamente se aplican.
13/08/2026 13:53
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La gobernanza corporativa está vinculada con la capacidad de las empresas para generar confianza, atraer inversiones, relacionarse con su entorno y responder ante escenarios cada vez más complejos. Por ello, formar profesionales capaces de tomar decisiones responsables y responder por sus consecuencias se convierte en una tarea que involucra tanto al sector privado como a las universidades.
Esta mirada fue uno de los ejes del conversatorio “Gobernanza Transformacional y la acción colectiva para un buen gobierno corporativo”, realizado en el marco de la “III Cumbre Empresarial por los ODS: Un pacto por Bolivia”. Empresarios, organismos internacionales y representantes de la academia coincidieron en que la integridad no puede quedarse en los documentos internos de una organización, sino que debe reflejarse en las decisiones cotidianas y formar parte de las capacidades de quienes asumirán responsabilidades profesionales.
“Siempre se trata de enseñar con el ejemplo. No basta con contar con códigos, políticas de transparencia u organigramas si estos no se traducen en acciones concretas”, sostuvo Verónica Ágreda, rectora nacional de Unifranz, durante el encuentro.
La reflexión conecta dos desafíos. Las empresas necesitan estructuras que les permitan prevenir riesgos, enfrentar situaciones complejas y construir relaciones sostenibles; mientras que las universidades deben preparar profesionales que, además de dominar conocimientos técnicos, comprendan el impacto que pueden tener sus decisiones.
“Las decisiones que van a tomar a lo largo de su vida profesional y mucho más si están en gobernanza, van a implicar consecuencias y van a implicar dar respuestas sobre las decisiones que se han tomado”, explicó Ágreda.
La gobernanza empresarial convierte las normas en acciones
Uno de los principales retos es evitar que la ética empresarial se reduzca a un conjunto de documentos que se conocen, pero no necesariamente se aplican. Una política de transparencia, un código de conducta o un canal de denuncias adquieren verdadero valor cuando forman parte de la cultura diaria de una organización.
Para Alfredo Salles, vicepresidente de Asuntos Corporativos de Sinchi Wayra, la gobernanza debe traducirse en comportamientos concretos. En actividades como la minería, donde las empresas mantienen relaciones permanentes con comunidades, autoridades y otros actores, construir confianza resulta fundamental para sostener operaciones y vínculos de largo plazo.
“La gobernanza parte de un principio básico que es la confianza. Para ello las políticas deben pasar del papel a la acción. En nuestra experiencia, capacitar al personal y a los grupos de interés, abrir canales de comunicación y establecer mecanismos para recibir quejas, reclamos y sugerencias son parte de ese proceso”, señaló Salles.
Alejandro Aguilar, gerente regional de Asuntos Corporativos de Cervecería Boliviana Nacional (CBN), añadió que la integridad tampoco puede entenderse únicamente como el cumplimiento de una norma.
“Estamos asumiendo que todos tienen un compromiso de actuar de cierta manera, de manera íntegra, independientemente de la situación en la que estés”, afirmó.
Esto supone otro desafío: las prácticas de gobernanza no pueden trasladarse mecánicamente de un país a otro. Cada organización debe considerar su sector, territorio y las características de las comunidades y grupos con los que se relaciona.
Para quienes se están formando profesionalmente, esto significa aprender a enfrentar situaciones reales, identificar dilemas y evaluar las consecuencias de una decisión, en lugar de limitarse a memorizar códigos o conceptos.
La integridad empresarial fortalece la competitividad
La discusión también mostró que actuar con integridad puede convertirse en una ventaja para las empresas. Para Mónica Mendoza, representante de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) en Bolivia, el concepto ha evolucionado y ya no debe entenderse solamente como una obligación.
“Se ha evolucionado de creer que solamente es una norma de cumplimiento, de cultura del compliance, a realmente ser un valor y activo estratégico”, explicó.
Una organización que genera confianza puede mejorar sus condiciones para relacionarse con inversionistas, integrarse a cadenas de valor, reducir riesgos vinculados con prácticas corruptas y fortalecer su capacidad para atraer y retener talento. En este escenario, la integridad deja de ser un elemento aislado y pasa a formar parte de la estrategia empresarial.
El desafío también alcanza a las nuevas tecnologías. La expansión de la inteligencia artificial está acelerando la toma de decisiones y creando nuevas posibilidades para las organizaciones, pero también obliga a discutir los límites de su uso, la protección de la información y las responsabilidades que acompañan a estas herramientas.
Por eso, los futuros líderes necesitan algo más que conocimientos sobre administración o tecnología. También requieren criterio para decidir cuándo, cómo y con qué consecuencias utilizar esas capacidades.
La universidad genera puentes para recuperar la confianza
La pregunta entonces es cómo construir confianza en sociedades donde el Estado, las empresas y la ciudadanía muchas veces tienen dificultades para trabajar de manera conjunta. Para Ágreda, la academia puede desempeñar un papel relevante al aportar investigación, datos y espacios de diálogo.
“El gran poder que tiene la academia es que al no tener un color político, al no tener un control o un poder que ejercer, es justamente quien puede poner la evidencia sobre la mesa”, afirmó.
Esta función amplía el papel tradicional de la universidad. Su responsabilidad no termina en transmitir conocimientos dentro del aula, sino que también puede contribuir a comprender problemas que afectan a la sociedad y generar capacidades para enfrentarlos.
En esa perspectiva, formar líderes íntegros significa preparar profesionales capaces de mirar más allá de los resultados inmediatos, comprender que cada decisión tiene consecuencias y asumir la responsabilidad de sus actos.
La gobernanza, finalmente, no se construye solamente con reglamentos. Se sostiene en personas capaces de convertir los principios en acciones, escuchar a su entorno y tomar decisiones que fortalezcan la confianza. Formar a esos profesionales es también una manera de contribuir a empresas más responsables y a una economía con mejores condiciones para crecer.
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