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Del encierro al reencuentro

En Santa Cruz de la Sierra, el diagnóstico del llamado ‘Casco viejo’ ha oscilado entre la narrativa del colapso estructural y la resiliencia cultural.

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Como preámbulo, es menester partir por darle el valor que merece desde el nombre, ya no más ‘Casco viejo’ pues el ideario en sentido peyorativo podría imaginar algo que ya no sirve, por lo tanto, debe comenzarse por llamarlo como corresponde, ‘El centro histórico’. Dicho eso, cabe la pregunta: ¿es zona que acoge un patrimonio en liquidación o un activo de alta rentabilidad? Rentabilidad en el sentido más amplio, no solamente la económica sino la social, parafraseando al gran gurú de la evaluación de proyectos el profesor Ernesto Fontaine. Brevemente, intentaremos dar una mirada multidimensional, es decir; técnica, histórica y corporativa para proponer estrategias e incentivos para cambiar el encierro por el reencuentro.

Desde una perspectiva global, las metrópolis contemporáneas enfrentan una encrucijada existencial: tratar a sus centros históricos como un pasivo obsoleto en estado de liquidación —confinándolos al eufemismo condescendiente de “ciudad vieja”— o valorizarlos como el activo intangible más rentable de su balance territorial. En Santa Cruz de la Sierra, el diagnóstico del llamado ‘Casco viejo’ ha oscilado entre la narrativa del colapso estructural y la resiliencia cultural. No obstante, la economía urbana demuestra que un espacio no muere por obsolescencia física, sino por distorsiones severas en su matriz de incentivos económicos, externalidades negativas y una errónea tarificación de sus externalidades. Consecuentemente, para ‘El centro histórico’ observamos lo siguiente:

Un primer elemento es la anatomía del desincentivo que genera costos asimétricos y regulación rígida. Desde la óptica de la economía del patrimonio y el ‘pricing’ corporativo, el deterioro del ‘Casco viejo’ responde a un descalce financiero flagrante entre los costos de preservación y las tasas de retorno comercial. La normativa de conservación municipal ha operado históricamente bajo esquemas de rigidez punitiva. Restaurar una casona colonial bajo estándares históricos exige una inversión de capital significativamente superior a la de una refacción estándar.

Imagen referencial del centro cruceño. Foto: Red Uno

Al no existir mecanismos de compensación fiscal, subsidios cruzados o transferencias de derechos de edificación, el propietario privado asume el 100% del costo social de conservar la identidad, mientras que el mercado inquilino —que no indexa el valor histórico en el precio de arrendamiento— genera una rentabilidad marginal nula o negativa. Esta asimetría matemática genera un incentivo perverso perfectamente alineado con la teoría de juegos: el incentivo al abandono pasivo. Ante multas elevadas por demolición intencional, los propietarios optan por la depreciación biológica del inmueble; permitir que las inclemencias del tiempo diluyan el patrimonio hasta el colapso estructural para, posteriormente, disponer del terreno limpio a valor de mercado. Las pérdidas de hitos históricos como las viviendas que fueron propiedad de notables cruceños evidencian este arbitraje regulatorio destructivo.

Un segundo elemento son las externalidades de transporte y tarificación del espacio público. El ‘vaciamiento corporativo’ —migración de la banca tradicional e instituciones matrices hacia la periferia y nodos de la Quinta Municipal— correlaciona directamente con el colapso de la movilidad y la irracional oferta de transporte público. El ingreso desmedido de líneas de microbuses por arterias críticas como la calle Charcas responde a un modelo atomizado de rutas que ya no atiende a profesionales de servicios, sino a un flujo comercial informal de baja densidad de valor, que ha convertido a la plaza principal en un mercado más. Este fenómeno se agrava por una evidente falla en la política de precios de estacionamiento, pues el cobro indexado a ‘medias jornadas fijas’ penaliza severamente las microtransacciones urbanas de corta duración (trámites, entregas, retornos), obligando al usuario a la externalidad del parqueo en vía pública o a la deserción definitiva del centro hacia plataformas periféricas inteligentes.

El tercer elemento es el retorno de la identidad recuperando el territorio y su consolidación. Frente a visiones catastrofistas que decretan la muerte definitiva del ‘Centro histórico’, la evidencia empírica reciente demuestra un proceso de reconversión y resiliencia institucional. La migración histórica hacia las ‘Villas fraternas periféricas’ dotó a las organizaciones de ventajas operativas de escala, privacidad y confort, pero generó un costo hundido invisible, ‘la erosión del capital identitario’. La cultura, como activo de mercado, requiere anclaje territorial de alta significación institucional. El éxito del retorno del carnaval de calle y el reposicionamiento estratégico de sedes de comparsas tradicionales prueban que la identidad colectiva genera externalidades de aglomeración positivas y dinamiza la economía de servicios nocturnos y culturales. Asimismo, inversiones corporativas de envergadura como las plantas consolidadas del Banco Ganadero demuestran que el ‘Centro histórico’ mantiene un posicionamiento estratégico inalterable cuando la arquitectura financiera de los proyectos internaliza el valor a largo plazo. La actual reconfiguración de la administración municipal abre una ventana de oportunidades para instrumentar un viraje radical de 180° en las políticas públicas para este fin.

Ahora bien, aunque mucho se habla de las ‘Alianzas público-privadas’ esta es una alternativa estratégica para elevar el ‘Centro histórico’ al estándar de gestión de los distritos históricos más exitosos del continente europeo, es indispensable sustituir el paradigma del subsidio asistencialista por el paradigma del rendimiento sostenible, en ese sentido, se proponen tres ejes técnicos inmediatos:

Primero, la tarificación vial dinámica y reordenamiento de flujos. - Restringir el acceso de transporte pesado e informal, sustituyéndolo por un sistema de micro-movilidad eléctrica interconectada. Implementar tarifas de parqueo digitalizadas fraccionadas estrictamente por minuto efectivo, reduciendo la fricción transaccional de los usuarios temporales. Segundo, implementar ‘incentivos fiscales de pricing inverso’ —Tax Incremental Financing—. Condonación total de tasas impositivas prediales por un periodo de diez años a corporaciones, entidades educativas, fraternidades u otras que adquieran, restauren y habiten casonas catalogadas, ligando la exención al cumplimiento de un manual de preservación arquitectónica modernizado que deberá trabajarse. Tercero, la monetización del retorno cultural. - Desarrollar un fideicomiso de desarrollo urbano que viabilice la reconversión de inmuebles históricos ociosos en distritos de economía naranja (hubs tecnológicos, centros gastronómicos de alta gama, galerías de arte), garantizando que la rentabilidad de conocer y vivir nuestra historia sea un modelo de negocio autosostenible.

El ‘Centro histórico’ no es una reliquia inerte que deba confinarse al olvido; es el ‘núcleo fundacional del cruceñismo’ cuya principal fortaleza ha sido siempre la audacia para forjar su propio destino a través del esfuerzo propio. Dotar al ‘Centro histórico’ de rigor corporativo, eficiencia vial y viabilidad financiera es la obligación ineludible de una sociedad que se proyecta al futuro sin liquidar el suelo donde nacieron sus valores fundamentales, dejando de verlo como a una abuela que estorba y se pretende llevarla al asilo.

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