La capacidad de manejar estas emociones también forma parte de una formación profesional más completa, porque aprender, trabajar y convivir implica enfrentar obstáculos, errores y cambios.
25/08/2026 12:03
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La frustración aparece cuando algo no sale como esperamos: una nota baja, un proyecto que falla, una meta que se retrasa o una oportunidad que no llega. Sentirla es natural; el desafío está en aprender a reconocerla y responder sin que el enojo, la tristeza o la sensación de fracaso tomen el control. Por eso, desarrollar la inteligencia emocional se ha convertido en una habilidad esencial para el bienestar y las competencias del futuro.
“La inteligencia emocional tiene que ver con la gestión que tenemos de nuestras propias emociones, iniciando por el reconocimiento de las mismas, de las situaciones, en qué momento tenemos estas emociones, reconocer las emociones de los demás y ser empáticos con éstas y saber gestionar mis emociones y las emociones del otro”, explica Tatiana Montoya, docente de Psicología de la Universidad Privada Franz Tamayo (Unifranz).
El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) recuerda que las emociones no deben considerarse buenas o malas, sino como señales que ayudan a comprender lo que ocurre. En ese sentido, la frustración permite reconocer cuando algo no sale como se esperaba y puede impulsar la búsqueda de soluciones o la necesidad de pedir ayuda.
La capacidad de manejar estas emociones también forma parte de una formación profesional más completa, porque aprender, trabajar y convivir implica enfrentar obstáculos, errores y cambios.
El autoconocimiento permite reconocer la frustración
Antes de controlar una emoción es necesario identificarla. Muchas personas reaccionan con enojo, abandono o desánimo sin detenerse a pensar qué están sintiendo y por qué. Para Montoya, ese proceso comienza con el autoconocimiento.
“Es importante saber en qué momento siento rabia o alegría; en qué momento siento frustración. El autoconocimiento es clave. Desde niños, tendríamos que saber reconocer las emociones, acorde a cada situación”.
La especialista advierte que la frustración puede ser especialmente difícil para quienes interpretan un error como una incapacidad personal. “Lo que pasa es que estas últimas generaciones tienen muy poca tolerancia a la frustración y esto tiene que ver con que se frustran y piensan (por ejemplo) que ya no son útiles para la carrera que han escogido”.
La respuesta, sin embargo, no tiene que ser abandonar. Una pausa, identificar la emoción, revisar qué ocurrió y buscar alternativas puede transformar un tropiezo en una oportunidad de aprendizaje.
La familia ayuda a convertir el error en aprendizaje
La tolerancia a la frustración también se construye desde las primeras experiencias. Los niños y adolescentes observan cómo los adultos enfrentan las dificultades y aprenden, en gran medida, a reaccionar frente a ellas.
“La familia es una entidad educativa que ayuda al integrante de la familia, en este caso al adolescente. Si le ha mostrado que el equivocarse no es lo último, sino que uno puede hacer como una replanificación, a esto se le llama autoeficacia, que es reorganizar”, señala Montoya.
UNICEF recomienda acompañar las emociones sin minimizarlas. Validar la experiencia, escuchar y ayudar a encontrar alternativas puede ser más útil que exigir que la persona simplemente deje de sentirse mal. La Organización Mundial de la Salud (OMS) también destaca que aprender a gestionar las emociones, resolver problemas y afrontar situaciones difíciles es fundamental durante la adolescencia.
La autorregulación transforma la emoción en acción
Manejar la frustración no significa reprimirla. Supone crear un espacio entre lo que ocurre y la reacción: respirar, tomar distancia, poner nombre a lo que se siente y preguntarse qué parte de la situación se puede cambiar.
Una estrategia práctica es pasar del “no puedo” al “¿qué puedo hacer ahora?”. Dividir un problema en pasos pequeños, pedir ayuda o replantear una meta permite recuperar la sensación de control. Este aprendizaje también fortalece la resiliencia y ayuda a comprender que equivocarse no define el valor ni las capacidades de una persona.
La inteligencia emocional no elimina los problemas, pero ofrece herramientas para enfrentarlos con mayor conciencia. Desarrollarla requiere práctica. Cada vez que una persona reconoce su frustración, evita una reacción impulsiva y busca una nueva estrategia, fortalece su capacidad para aprender de las dificultades y seguir adelante.
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