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¿Una universidad de calidad se mide por su ranking?

Esta perspectiva resulta especialmente relevante en un escenario en el que las universidades están cambiando junto con el mercado laboral.

Unifranz Online: ¿Una universidad de calidad se mide por su ranking?
Bolivia

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Para una familia que busca universidad, un puesto alto en un ranking puede parecer una respuesta sencilla: si una institución aparece entre las mejores, debería ofrecer una formación de mayor calidad. Sin embargo, detrás de esa clasificación existe una pregunta más compleja: ¿qué significa realmente que una universidad sea buena?

Los rankings universitarios son herramientas útiles para comparar instituciones, pero cada uno mide dimensiones específicas y asigna diferentes pesos a sus indicadores. Times Higher Education, por ejemplo, evalúa enseñanza, entorno y calidad de la investigación, perspectiva internacional y relación con la industria mediante 18 indicadores.

Eso significa que una posición en una tabla puede ofrecer información relevante, pero no necesariamente responder a la pregunta que más importa a un estudiante: ¿esta universidad es adecuada para mi formación y mis objetivos profesionales?

Para Melania Brenes, directora ejecutiva del Sistema Nacional de Acreditación de la Educación Superior (SINAES) de Costa Rica, el concepto de calidad debe ir más allá de comprobar si una institución dispone de determinados recursos o cumple requisitos administrativos.

“Ya no nos quedan esos modelos verificadores de ‘cumple o no cumple’. Tenemos que migrar hacia modelos centrados en resultados e impacto”, sostuvo durante el VII Foro Internacional de Innovación Educativa (FIIE) 2026, evento organizado por la Universidad Privada Franz Tamayo (Unifranz)

Su planteamiento cambia el centro de la discusión. Una universidad no debería ser evaluada solamente por lo que tiene, sino también por lo que consigue con aquello que tiene.

Del prestigio al impacto

Brenes plantea que el verdadero valor de la educación superior puede observarse en la trayectoria de sus graduados y en la contribución que realizan a la sociedad.

“Se espera que las agencias midamos no solamente lo que la universidad tiene o no tiene, sino qué saben hacer los graduados y cómo contribuyen a la sociedad. ¿Cuál es el valor social de la calidad?”, cuestionó.

Esta perspectiva resulta especialmente relevante en un escenario en el que las universidades están cambiando junto con el mercado laboral. La inteligencia artificial, las modalidades híbridas y las microcredenciales están modificando la manera de enseñar y aprender.

De hecho, Brenes considera que los sistemas de aseguramiento de la calidad también deben transformarse. “La universidad de 2030 va a operar en un ecosistema digital sí o sí, donde las fronteras entre la enseñanza presencial y virtual se han diluido”, explicó.

Los rankings ya incorporan algunos de estos cambios. THE, por ejemplo, contempla entre sus indicadores la internacionalización, la relación con la industria, las patentes, la investigación y el entorno de enseñanza. Pero que un indicador aparezca en una clasificación no significa que todos tengan la misma importancia para cada estudiante. Por eso, comparar únicamente posiciones puede resultar insuficiente.

¿Qué debería mirar un estudiante?

Una acreditación tampoco equivale automáticamente a que una universidad sea la mejor opción. Su función es diferente: certifica que una institución o programa cumple determinados estándares establecidos por organismos especializados.

El verdadero análisis comienza cuando el estudiante pregunta qué hay detrás de esos reconocimientos: cómo se enseña, quiénes son los docentes, qué oportunidades de práctica existen, qué investigación se desarrolla, cuál es la relación con empresas y qué posibilidades de internacionalización ofrece la carrera.

Brenes también cuestiona la idea de que todas las universidades deban responder a un mismo molde. “Cuando pensamos en calidad educativa siempre pensamos en estándares y homogeneización. Sin embargo, ese modelo está agotado. Tenemos que movernos hacia esquemas que respeten la diversidad y la autonomía universitaria”, afirmó.

La consecuencia es clara. La calidad debe analizarse de acuerdo con el propósito de cada institución y las necesidades de sus estudiantes, no únicamente a partir de una clasificación general.

Una experiencia concreta

La experiencia de Unifranz permite observar cómo distintos instrumentos pueden ofrecer fotografías diferentes de una misma institución.

Según información proporcionada, sus carreras de Medicina y Odontología cuentan con acreditación ARCU-SUR del MERCOSUR, mientras que la certificación QS Stars le otorgó cinco estrellas en empleabilidad y cuatro en impacto social. También recibió The Education Award del Latin American Quality Institute y se ubicó entre las cinco mejores universidades privadas de Bolivia en UniRanks.

Más que acumular reconocimientos, estos instrumentos permiten observar dimensiones diferentes: la acreditación verifica estándares; las certificaciones evalúan determinadas áreas; y los rankings establecen comparaciones.

En el caso de Unifranz, la experiencia muestra precisamente por qué no resulta conveniente reducir la calidad a un único número. Su evaluación incluye aspectos como empleabilidad, impacto social, internacionalización, investigación e innovación.

La pregunta para un estudiante, entonces, no debería ser solamente “¿en qué puesto está esta universidad?”, sino “¿qué evidencia demuestra que aquí voy a recibir la formación que necesito?”

Una mirada más allá de la tabla

Los rankings cumplen una función: permiten comparar instituciones mediante indicadores comunes. Pero incluso sus propios sistemas de evaluación reconocen la complejidad de medir el desempeño universitario. THE, por ejemplo, utiliza cinco grandes dimensiones y ajusta sus metodologías según las características de cada región o disciplina.

Brenes propone ir un paso más allá: que la evaluación deje de ser un mecanismo centrado en comprobar documentos y se convierta en un instrumento capaz de impulsar transformaciones. “Incorporaría modelos de evaluación orientados a la transformación. Eso significa trascender los sistemas que únicamente verifican evidencias para avanzar hacia procesos que impulsen cambios reales en las universidades”, afirmó.

En última instancia, una universidad de calidad no se define únicamente por el lugar que ocupa en una tabla. Se reconoce por lo que sus estudiantes aprenden, por lo que sus graduados son capaces de hacer y por el impacto que genera en su entorno.

El ranking puede ser el punto de partida para comparar. La calidad académica, sin embargo, exige mirar mucho más allá del número.

Fuente: Melania Brenes-Monge es especialista costarricense en proyectos y programas de aprovechamiento educativo de las tecnologías digitales.

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