En las afueras de Quito, un parque especializado protege especies amenazadas y lidera programas de reproducción y reintroducción que buscan evitar su desaparición.
27/04/2026 10:15
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En el valle de Los Chillos, a pocos kilómetros de Quito, el sonido constante de las ranas no es casualidad: es señal de resistencia. Allí funciona Wikiri Sapoparque, un espacio que se ha convertido en refugio clave para anfibios en peligro de extinción.
Impulsado por el Centro Jambatu, este santuario combina investigación científica, educación ambiental y conservación activa en un país considerado uno de los más ricos del mundo en diversidad de ranas.
Un país diverso… y en riesgo
Ecuador alberga alrededor de 709 especies de ranas, pero más de 400 están amenazadas o en peligro de extinción. Factores como la minería, la crisis climática y el tráfico ilegal han puesto en jaque su supervivencia.
“Nos encantaría que nuestro trabajo no fuera necesario, pero no es el caso”, advierten los investigadores, que ven cómo las amenazas aumentan con el tiempo.
Ciencia para salvar especies
En el parque habitan unas 70 especies, de las cuales la mitad forman parte de programas científicos de conservación. Algunas incluso se comercializan de forma legal como mascotas, una estrategia para frenar el mercado ilegal.
El tráfico de anfibios no solo reduce las poblaciones, sino que también facilita la propagación de enfermedades que pueden ser devastadoras.
De laboratorio a la naturaleza
Uno de los proyectos más ambiciosos es la reintroducción de especies que desaparecieron en estado silvestre, como la Atelopus longirostris, conocida como rana hocicuda de Íntag.
Considerada extinta durante décadas, fue redescubierta en 2016. Desde entonces, los científicos han criado ejemplares en laboratorio y liberado cerca de mil individuos en zonas seguras.
El objetivo no es solo que sobrevivan, sino que logren reproducirse y reconstruir poblaciones estables en su hábitat natural.
Amenazas persistentes
Otro caso emblemático es el de la rana arlequín de limón, afectada por el hongo quitridio —una de las enfermedades más letales para anfibios— y la destrucción de su entorno por obras humanas.
Tras más de diez años, también se han iniciado ensayos de reintroducción, devolviendo la esperanza a una especie que parecía perdida.
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