La crisis provocada por los bloqueos no solo golpea la economía y el transporte. También revive recuerdos de hambre y desesperación que marcaron a La Paz hace más de dos siglos.
14/06/2026 9:59
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El eco de las cornetas y el ondear de las multicolores wiphalas descendiendo desde El Alto marcaron una nueva jornada de protesta en la capital política de Bolivia. Las calles, usualmente bulliciosas, hoy arrastran el pesado silencio del desespero.
El departamento de La Paz cumple ya 45 días sumido en un aislamiento implacable, asfixiado por bloqueos de carreteras que exigen la renuncia del presidente Rodrigo Paz.
Más allá de la batalla política y las pérdidas económicas que superan los mil millones de dólares, el verdadero enemigo de la ciudadanía se esconde en las cocinas y los mercados: el hambre extrema.
El cerco a La Paz de 1781, un trauma imborrable
Esta crisis extrema ha desenterrado el trauma histórico más profundo de la hoyada, obligando a trazar un paralelo inevitable con el fatídico año de 1781.
En aquel entonces, el líder indígena Túpac Katari y su ejército de más de 40.000 hombres impusieron un cerco total a la ciudad de La Paz que se prolongó por un total de 109 días.
Aunque mediada por 245 años de historia, la geografía del asedio es idéntica. En 1781, las huestes kataristas se posicionaron en lo que hoy es la ciudad de El Alto para impedir el ingreso de alimentos.
Hoy, en 2026, los sectores afiliados a las federaciones campesinas Túpac Katari y Bartolina Sisa mantienen cerradas exactamente las mismas rutas de suministro hacia la hoyada.
Las alarmas ya no solo son políticas, sino de salud pública. El desabastecimiento actual ha disparado los precios de productos básicos, provocando que el kilo de pollo supere los 35 bolivianos en La Paz, mientras en Santa Cruz se comercializa a menos de la mitad.
Esta escasez ha empujado a sectores de la población a un escenario tétrico que repite, de forma casi literal, las páginas más oscuras de las crónicas coloniales: el faeneo clandestino para la venta ilegal de carne de perro y burro.
1781: El menú forzado de la inanición
Durante los más de 100 días que duró el asedio liderado por Túpac Katari, la hambruna dentro de los muros urbanos alcanzó niveles espantosos. El cerco se desarrolló en dos duras etapas: la primera del 13 de marzo al 30 de junio, y la segunda desde agosto hasta noviembre de 1781.
La población criolla, mestiza y española, acorralada por la falta absoluta de provisiones, llegó a padecer hambre extrema. Los registros indican que muchos habitantes se alimentaron de mulas, perros y gatos, existiendo incluso referencias aisladas de antropofagia.
Fuentes primarias escritas por las propias autoridades coloniales atrapadas en el sitio dejaron constancia de este horror. Los escritos del brigadier y comandante general de las fuerzas españolas, Sebastián de Segurola, documentan de forma descarnada el sufrimiento de los sitiados.
Segurola plasmó de su puño y letra la cruda organización de la miseria dentro de la ciudad:
"Ya se empieza a sentir el doloroso estrago que hacía el hambre entre los nuestros, murieron muchos cada día, y buscando otros su alimento en los pellejos, suelas, petacas y estiércol por carecer de otros alimentos así de carnes de mulas, perros y gatos de que se servían los más de la plebe"
A escasas cuadras de allí, el oidor Francisco Tadeo Diez de Medina relataba en su diario personal cómo el desespero civil anulaba cualquier rastro de moralidad en las calles paceñas.
Diez de Medina era entonces juez de la Corona Española. Vivía junto a la Catedral de Nuestra Señora de La Paz, en la misma vivienda que hoy en día permanece en pie y funciona como el Museo Nacional de Arte.
El 30 de mayo de 1781, Diez de Medina registró en su "Diario del alzamiento de indios conjurados contra la ciudad de Nuestra Señora de La Paz" un detalle estremecedor sobre el comportamiento de la gente famélica:
"La hambre es cada día más sensible y así se ve comer a la gente pobre carne de mulas, de borricos, perros y gatos no solo de los que por comer matan de propósito y arrebatan en las calles si los dueños se descuidaron, sino de los que mueren naturalmente accidentados o de enfermedad".
El texto del oidor evidencia que la desesperación llegó al extremo de que las personas se arrebataban las mascotas en la vía pública ante el menor descuido. Incluso devoraban los cuerpos de animales que ya habían muerto por desnutrición o infecciones.
Un negocio que siempre existió
Por su parte, el capitán español Esteban de Ledo, oficial de defensa apostado en los muros, describió cómo el consumo de estos animales no se limitaba a la caza privada, sino que llegó a formalizarse un comercio público de emergencia dentro de la ciudad sitiada.
Ledo plasmó en su propio diario de guerra las transacciones comerciales desesperadas:
"Se vendía públicamente a precios excesivos la carne de caballo, mulas, asnos, perros y gatos, guardándose los cueros de los primeros para comerlos después de tostados y cocidos, sirviendo también de alimento los de las petacas, zurrones y zapatos viejos".
La cita del capitán ratifica que no se desperdiciaba absolutamente nada de los pocos animales disponibles. Sus cueros se almacenaban meticulosamente como reservas estratégicas para ser tostados y hervidos cuando la carne se terminaba por completo. La población se vio obligada a masticar materiales orgánicos sin valor nutricional, como el cuero curtido de las maletas (petacas) y los contenedores de carga (zurrones).
2026: El regreso de los mataderos clandestinos
Desde el pasado 1 de mayo de 2026, las carreteras que conectan a La Paz con el resto del país permanecen bloqueadas por sectores afiliados a la Confederación Nacional de Mujeres Campesinas Bartolina Sisa y la Federación Departamental de Trabajadores Campesinos Túpac Katari.
Casi dos siglos y medio después, las heridas de la historia vuelven a abrirse a sangría viva en la sede de Gobierno. Aunque el contexto actual de 45 días de bloqueo aún no alcanza la temporalidad de los 109 días de 1781, los efectos sobre la supervivencia humana han empezado a confluir de forma alarmante.
El horror se materializó de forma gráfica en los contenedores de basura de las urbes. En la zona Brasil, en el sector de la extranca de Río Seco en El Alto, los vecinos descubrieron restos óseos alarmantes y realizaron la denuncia inmediata.
Investigaciones muestran avances
Las autoridades de la intendencia y la Policía revisaron las cámaras de seguridad del sector e identificaron una furgoneta sospechosa de haber arrojado los desechos durante la madrugada. Tras la intervención, las autoridades confirmaron el hallazgo de aproximadamente 25 cráneos, además de cueros y colas que correspondían morfológicamente a canes.
Elio Pacheco, secretario de Seguridad Ciudadana de El Alto, informó sobre el avance de las pesquisas:
"A partir de la denuncia y la intervención que se hizo, ya nos han mandado videos, nos han mandado también fotografías y ubicaciones. Mi personal está procediendo a hacer la recolección correspondiente de los distintos puntos en la ciudad y se han encontrado cueros de perro; se han encontrado colas también de perro".
Pacheco detalló que se ha conformado una comisión multidisciplinaria para iniciar operativos e identificar mataderos clandestinos, presentando una denuncia penal ante el Ministerio Público por considerarse un atentado grave contra la salud pública.
También se halló restos de burro
El pánico sanitario cruzó de inmediato al macrodistrito Max Paredes de la ciudad de La Paz. Vecinos de la calle Baltazar Alquiza, cerca de la concurrida calle Calatayud, encontraron restos óseos dispersados en plena esquina pública por los perros callejeros. Esta vez, los cráneos e inmensos huesos hallados entre los residuos domiciliarios correspondían a otra especie consumida en el cerco colonial: el burro.
Un vecino de la zona que presenció el levantamiento de los restos relató el momento con evidente preocupación, protegiendo su identidad por temor a represalias:
"Tres cabezas, dos cabezas, pero no estoy tan seguro, era cabeza de burro. Sí, hemos encontrado en esos restos de basura la carne de burro que estaba dispersa. Los vecinos encontraron en horas de la mañana y habrían sido arrojados durante la madrugada".
El testigo agregó que el personal de limpieza pública de la alcaldía tuvo serias dificultades para retirar los desechos debido al enorme peso de las estructuras óseas acumuladas en los contenedores de basura.
Comerciantes informales en la mira
Los habitantes y la Federación de Carniceros del Alto (Futecra) —que se ha declarado formalmente en estado de emergencia— sospechan que comerciantes informales están aprovechando la escasez y los precios prohibitivos de la carne de res para faenar estos animales clandestinamente. Los dirigentes de los carniceros denunciaron que se está registrando una proliferación descontrolada de vendedoras ambulantes sin registro en todas las ferias y la apertura de tiendas clandestinas.
El secretario ejecutivo del sector carnicero, Alfredo Machaca, manifestó su alarma ante el peligro sanitario que esto representa para las familias alteñas y paceñas:
"Nosotros nos vamos a sumar a los procesos o demandas que empiece a realizar lo que es la Secretaría de Seguridad Ciudadana, esto puede causar enfermedades en las personas y por qué no decía esto puede derivar en el fallecimiento de algún familiar que consuma este tipo de producto".
Los carniceros señalaron que estos productos ilegales están siendo comercializados a precios extremadamente bajos, lo que empuja a la población desabastecida a adquirirlos por necesidad, sospechando que son destinados a la elaboración de alimentos procesados como silpanchos o embutidos.
La historia se repite
En 1781, el trágico desenlace de los 109 días de asedio indígena concluyó de forma sangrienta con la intervención del coronel realista José de Reseguín y sus tropas llegadas desde Buenos Aires, quienes rompieron el cerco a sangre y fuego.
Capturado Túpac Katari en el altiplano tras ser traicionado, se le impuso la pena de muerte en la localidad de Peñas, donde fue descuartizado con cuatro caballos el 15 de noviembre de 1781. Su esposa, Bartolina Sisa, fue mantenida en cautiverio y ejecutada casi un año después, el 5 de septiembre de 1782, siendo ahorcada y descuartizada en la plaza principal de La Paz para enviar sus extremidades a distintos pueblos del Alto Perú como escarmiento histórico.
Hoy, tras 45 días de asfixia en este junio de 2026, las posiciones políticas permanecen completamente alejadas entre quienes exigen una intervención firme del Estado y quienes con orgullo continúan apostando por el bloqueo. Los nombres de Bartolina Sisa y Túpac Katari vuelven a instalarse en el centro de una crisis que, aunque con un contexto moderno muy distinto al de 1781, revive las mismas tensiones históricas entre el campo productor y la ciudad cercada. Cuando los caminos hacia La Paz se cierran, el hambre extrema demuestra no discriminar épocas ni siglos, y los habitantes de la hoyada vuelven a mirar con desesperación los contenedores de basura para entender el tamaño de su propia crisis.
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