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Las últimas horas de “El Mencho”: miedo, enfermedad y una decisión fatal

Enfermo, agotado y con la sensación permanente de estar vigilado, el líder del CJNG redujo su seguridad en Tapalpa. Ese movimiento activó el operativo que terminó con su muerte.

23/02/2026 14:44

Las últimas horas de “El Mencho”: miedo, enfermedad y una decisión fatal. Imagen captura RR.SS.
México

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Durante el último mes de su vida, Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, ya no vivía como un jefe todopoderoso. Vivía con miedo.

No era paranoia sin fundamento. Sabía que agencias de Estados Unidos trabajaban en coordinación con el gobierno mexicano. Sabía que lo seguían. Y sabía que cada error podía ser el último.

La ubicación que ya no era refugio

La DEA lo tenía ubicado en las cercanías de la Laguna de Sayula, un espejo de agua rodeado de montañas de hasta 1.350 metros de altura.

Para su círculo de seguridad, el terreno era estratégico: precipicios, accesos difíciles, rutas controladas. 

Para él, ya no era suficiente. Cambiaba de residencia cada dos días. Rotaba escoltas.

Utilizaba disfraces para pasar desapercibido, incluso el de un anciano en silla de ruedas.

La presión no solo venía del entorno geográfico. Las autoridades habían intervenido teléfonos de operadores clave y conocían el estado de alerta permanente que dominaba su círculo íntimo.

Enfermo, cansado y cada vez más expuesto

A los 59 años, su salud estaba deteriorada. Problemas renales y hepáticos se agravaban con el estrés constante. Se hablaba de intervenciones médicas improvisadas, lejos de hospitales formales.

Dormía poco. Comía mal. Se trasladaba de madrugada.

El desgaste físico era evidente.

Quien lo hubiera visto en esos días —según fuentes citadas en el informe original— difícilmente lo habría asociado con una fortuna estimada en más de mil millones de dólares.

El contraste brutal

Según el agente de la DEA Kyle Mori, encargado de su persecución, Estados Unidos lo señalaba como propietario de cientos de inmuebles alrededor del mundo, residencias frente al Pacífico mexicano e inversiones en tequila, hoteles, restaurantes, criptomonedas, lingotes de oro y relojes de alta gama. Incluso se le atribuía una colección de tigres de Bengala.

Como jefe del Cártel Jalisco Nueva Generación, operaba como un CEO criminal: estructura global, prestanombres, “gerentes” y presencia en más de 60 países.

Pero su vida real no se parecía a la de un magnate.

No podía subir a un avión. No podía ir a un restaurante. No podía caminar por la playa.

Terminó refugiado en zonas rurales, entre barro, veredas y mosquitos, durmiendo siempre en alerta.

El error en Tapalpa

En sus cálculos, nadie lo tocaría antes de la Copa del Mundo. Creía que habría margen para evitar un conflicto en Guadalajara, una de las sedes.

Pero el final llegó antes.

En Tapalpa tomó una decisión clave: redujo su aparato de seguridad para bajar el perfil. Ese movimiento abrió la puerta a un operativo alimentado por información de la DEA y del Departamento de Justicia de Estados Unidos.

Hubo enfrentamiento. Él y sus escoltas resistieron. Pero las fuerzas federales de élite lo tenían ubicado desde hacía meses. Herido de bala, fue evacuado por aire hacia Ciudad de México. No alcanzó a llegar.

Su cuerpo —ya frágil por la enfermedad— no soportó el traslado. Murió en el aire.

El hombre que acumuló poder, dinero y terror durante años terminó sus días huyendo, enfermo y aislado. Una carrera criminal que construyó riqueza global, pero que no pudo comprarle una vida normal.

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