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Estrategias que combaten la procrastinación académica en estudiantes

Un estudio examina la relación entre la procrastinación académica y el rendimiento académico a través de una revisión sistemática de investigaciones publicadas entre 2020 y 2024, utilizando el método PRISMA y artículos revisados por pares de bases de datos como Scopus, WoS y SciELO.

06/02/2026 14:15

Unifranz Online: Estrategias que combaten la procrastinación académica en estudiantes.
Bolivia

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La procrastinación académica es uno de los principales desafíos que enfrentan los estudiantes universitarios y suele impactar directamente en su rendimiento, bienestar emocional y permanencia en el sistema educativo. Lejos de ser un simple problema de pereza, este fenómeno responde a hábitos, emociones y entornos que interfieren con el aprendizaje efectivo.

Pablo Llano, miembro de la Jefatura de Enseñanza y Aprendizaje (JEA) de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), sostiene que “la procrastinación universitaria está estrechamente relacionada con ciertos hábitos que pueden sabotear el aprendizaje y el cumplimiento de tareas”.

Un estudio examina la relación entre la procrastinación académica y el rendimiento académico a través de una revisión sistemática de investigaciones publicadas entre 2020 y 2024, utilizando el método PRISMA y artículos revisados por pares de bases de datos como Scopus, WoS y SciELO.

Los resultados indican que la procrastinación se asocia de manera moderada o baja con el rendimiento académico. Esta relación está influida por factores emocionales y conductuales, como la ansiedad y el uso excesivo de redes sociales.

Entre los hábitos de gestión del tiempo más frecuentes se encuentran estudiar solo bajo presión de fechas límite, no planificar con anticipación tareas grandes, subestimar el tiempo necesario para completarlas y cambiar constantemente entre actividades sin finalizar ninguna. Estas conductas generan acumulación de pendientes, ansiedad y una sensación permanente de urgencia que dificulta la concentración sostenida.

A ello se suman los hábitos de ambiente de estudio, como trabajar en espacios con múltiples distracciones, mantener el teléfono al alcance, no contar con un lugar dedicado al estudio o estudiar con música, televisión o redes sociales abiertas. Estos factores incrementan la carga cognitiva y reducen la calidad del tiempo invertido en las tareas académicas.

Llano identifica hábitos mentales que refuerzan la procrastinación, entre ellos el perfeccionismo excesivo que paraliza el inicio de las tareas, el autodiálogo negativo (“no soy bueno para esto”), la búsqueda de motivación antes de actuar y la espera del “momento perfecto” para empezar. Desde esta perspectiva, la procrastinación no es solo una falla de organización, sino un problema de regulación emocional asociado a la ansiedad, el miedo al fracaso y la inseguridad personal.

Para contrarrestar estos patrones, se recomienda aplicar técnicas específicas anti-procrastinación. Entre las más efectivas se encuentran la regla de los 10 minutos, que propone comprometerse a trabajar solo ese breve lapso; el “método del queso suizo”, que consiste en avanzar en distintas partes de un proyecto sin seguir un orden lineal; la implementación de recompensas inmediatas tras completar tareas y el trabajo con compañeros de estudio para generar responsabilidad mutua.

La evidencia académica respalda además el uso de estrategias como el método Pomodoro (25 minutos de estudio y 5 de descanso), la definición de metas SMART y la eliminación activa de distracciones.

Estas intervenciones, combinadas con enfoques cognitivo-conductuales y técnicas como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), han demostrado reducir la procrastinación de forma significativa en estudiantes universitarios. En este sentido, trabajar desde los valores personales, la autoconfianza y la autocompasión productiva resulta clave para romper el círculo de culpa y postergación.

Además de la organización del tiempo mediante rutinas claras, la fragmentación de tareas en pasos pequeños, el uso de herramientas de planificación y el refuerzo de avances parciales permiten generar motivación sostenida.

Asimismo, el apoyo emocional y social —a través de grupos de estudio, tutorías y comunicación con docentes— cumple un rol fundamental, especialmente en contextos donde la procrastinación se vincula con deserción y bajo rendimiento académico, como ocurre en Bolivia y otros países de la región.

Como subraya Pablo Llano, “la clave está en empezar con cambios pequeños y sostenibles. Elige uno o dos hábitos nuevos y practícalos consistentemente durante tres a cuatro semanas antes de agregar otros. La constancia, no la perfección, es lo que transforma estos comportamientos en hábitos automáticos”.

Así, combatir la procrastinación académica, en definitiva, requiere un enfoque integral que combine gestión del tiempo, motivación, regulación emocional y entornos de estudio adecuados, tanto desde el esfuerzo individual como desde el acompañamiento institucional.

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