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Empujada del tren por ser boliviana: una historia de odio que sufrió una madre y su bebé en Argentina

La causa prescribió sin culpables y su historia se convirtió en símbolo de la lucha contra la xenofobia y la violencia hacia mujeres migrantes.

12/01/2026 8:21

Marcelina Meneses y su hijo Joshua. (Foto: El grito del Sur)
Argentina

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El 10 de enero de 2001, un miércoles sofocante en el sur del conurbano bonaerense, Marcelina Meneses, una migrante boliviana de 31 años, salió de su casa en Ezpeleta con su bebé Joshua, de apenas 10 meses, rumbo al médico. Nunca regresaron.

Ambos murieron tras ser arrojados de un tren en movimiento. Veinticinco años después, el crimen sigue impune: no hubo imputados, ni condenas, ni justicia. La causa prescribió y el responsable continúa en libertad.

Marcelina había llegado a Argentina a fines de los años 90, empujada por la necesidad. Trabajaba como cajera en un supermercado, sin contrato ni obra social, y sostenía a su familia en condiciones precarias. “Como muchas mujeres migrantes, vino buscando una vida mejor y atención médica para sus hijos”, recordó su sobrina Nair Rosario.

El viaje que terminó en tragedia

Aquella mañana, Marcelina abordó el tren cerca de las 9:05 en la estación Ezpeleta. Viajaba de pie, con su hijo atado a la espalda y varios bolsos. Al intentar acomodarse para descender en la estación Avellaneda, uno de los bultos rozó a un pasajero.

La reacción fue inmediata y cargada de odio: “¡Boliviana de m…! ¿No mirás por dónde caminás?”, gritó un hombre mayor.

Según el testimonio de Julio César Giménez, un trabajador que presenció la escena, los insultos xenófobos se multiplicaron. Incluso un guardia ferroviario habría intervenido con expresiones discriminatorias. El clima se tornó violento y, en medio del tumulto, alguien empujó a Marcelina.

Segundos después, el tren se detuvo. Giménez descendió y caminó hacia atrás por las vías. Allí vio los cuerpos sin vida de Marcelina y su bebé.

Una investigación que nunca avanzó

No había cámaras de seguridad, los trenes eran antiguos, las puertas se abrían con el movimiento y el control era casi inexistente. Pese a la gravedad del hecho, la investigación judicial fue deficiente: no se profundizaron testimonios clave, no hubo reconstrucción efectiva y las autoridades ferroviarias se desligaron del caso.

No hubo interés, no hubo contención. Marcelina era migrante y eso marcó todo el proceso”, afirmó su sobrina. La causa quedó archivada y finalmente prescribió.

El impacto fue devastador para la familia. Jonathan, el hijo mayor de Marcelina, quedó con graves secuelas psicológicas y de salud. Murió hace dos años, a los 30, sin haber podido superar la pérdida de su madre y su hermano.

Del dolor a la lucha colectiva

El crimen no solo dejó una herida familiar, sino que dio origen a una causa colectiva. En Ezpeleta nació el Centro Integral de Mujeres Migrantes “Marcelina Meneses”, un espacio de acompañamiento, asesoramiento y formación para mujeres migrantes víctimas de violencia y discriminación.

El centro sigue funcionando de manera autogestionada y se ha convertido en un referente único en la zona sur del Gran Buenos Aires. Además, la historia de Marcelina impulsó que cada 10 de enero sea declarado el Día de la Mujer Migrante, como acto de memoria y denuncia.

“Aunque no sepamos si algún día habrá justicia, seguimos luchando para que esto no vuelva a pasar”, expresó Nair.

A 25 años del crimen, la historia de Marcelina Meneses vuelve a resonar en un contexto marcado por discursos de odio y nuevas migraciones. Su muerte no fue un hecho aislado. Fue xenofobia. Fue violencia. Y sigue siendo impunidad.

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