Pensar es necesario pero cuando los pensamientos no paran, se repiten y se vuelven negativos, pueden generar ansiedad, bloqueo y agotamiento mental. A esto se le conoce como pensamiento excesivo y suele venir acompañado de sobrecarga mental.
14/01/2026 15:46
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Pensar es una capacidad esencial para resolver problemas y tomar decisiones, pero cuando el pensamiento se vuelve excesivo puede transformarse en una fuente constante de malestar. Así también, la sobrecarga mental se relaciona con la saturación cognitiva, la fatiga por exceso de información y el impacto en el rendimiento académico, laboral y emocional. Ambos estados han sido ampliamente estudiados en psicología y neurociencia.
“El pensamiento excesivo genera incertidumbre constante y puede llevar a la persona a un estado de parálisis y bloqueo. Disminuye la capacidad de concentración y vuelve caótica la toma de decisiones emergentes, afectando actividades cotidianas”, explica Consuelo Medina, psicóloga y docente en la carrera de Psicología de la Universidad Franz Tamayo, Unifranz.
A diferencia de la preocupación normal —que cumple una función adaptativa, es focalizada y resolutiva—, el pensamiento excesivo se caracteriza por ser difuso, interminable y desproporcionado. La mente queda atrapada en un bucle donde todo es duda, anticipación negativa y necesidad de control. “Es como si una parte de nosotros insistiera en encontrar respuestas definitivas donde no las hay”, describe la especialista.
Este fenómeno suele estar estrechamente ligado a la sobrecarga mental, una condición cada vez más frecuente en un contexto de exigencia constante. La sobrecarga aparece cuando el cerebro acumula demasiadas tareas, decisiones y preocupaciones sin tiempo suficiente para procesarlas.
No siempre se manifiesta como estrés evidente; en muchos casos se presenta como apatía, irritabilidad o bloqueo emocional. Como bien se resume en una idea clave: La mente no se apaga sola, hay que enseñarle a hacerlo.
Entre las estrategias más eficaces se encuentra la terapia cognitivo-conductual (TCC), que permite identificar y cuestionar pensamientos automáticos disfuncionales. A través de técnicas como la reestructuración cognitiva, se trabaja sobre distorsiones como la catastrofización o el pensamiento extremo.
Otras herramientas incluyen llevar un registro de pensamientos para detectar repeticiones, dividir decisiones grandes en pasos pequeños y practicar técnicas de relajación guiada. “Algo tan simple como dividir una gran decisión en pasos pequeños puede devolverle a la persona la sensación de control y confianza”, señala Medina.
Además, para mantener la mente más ligera y reducir el exceso de preocupaciones, se pueden aplicar nueve estrategias prácticas:
También se recomienda reducir el ruido mental identificando pensamientos que no aportan, hacer pausas reales sin pantallas, escribir para vaciar la mente, aprender a delegar y establecer límites con el entorno digital. En terapia, se crea un espacio para ordenar el caos interno y aprender a parar sin culpa. “No se trata de dejar de pensar, sino de aprender a pensar mejor y con mayor intención”, enfatiza la experta.
Organizar el tiempo, desconectarse de estímulos innecesarios, cuidar de la salud física y emocional, y mantener hábitos de atención plena y pensamiento positivo ayuda a prevenir la sobrecarga mental y a controlar el pensamiento excesivo, promoviendo bienestar y claridad mental.
Todo esto demuestra que no se trata únicamente de descansar el cuerpo. Cuando la mente sigue activa, el descanso físico no es suficiente. La sobrecarga mental suele estar impulsada por una exigencia interna: querer hacerlo todo bien, no fallar, cuidar de todos o rendir permanentemente.
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