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Planificación a la inversa mejora la experiencia educativa y el aprendizaje por competencias

La planificación inversa aporta transparencia. El estudiante conoce desde el primer día qué se espera de él y por qué realiza cada actividad, lo que reduce la ansiedad y aumenta la motivación personal.

25/02/2026 11:26

Unifranz Online: Planificación a la inversa mejora la experiencia educativa y el aprendizaje por competencias.
Bolivia

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La planificación a la inversa es una metodología capaz de transformar la manera en que se diseñan y viven los procesos de enseñanza y aprendizaje. A diferencia del enfoque tradicional, que comienza por los contenidos o el libro guía, este modelo parte de una pregunta clave: ¿Qué debe ser capaz de hacer el estudiante al finalizar el curso? Desde esa meta final, el docente retrocede para definir evaluaciones y, posteriormente, actividades alineadas.

Mario Ariel Quispe, experto en pedagogía de la Jefatura de Enseñanza Aprendizaje (JEA) de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), sostiene que el potencial en las aulas de esta metodología radica en que favorece un aprendizaje más profundo, personalizado y significativo, al mismo tiempo que fomenta la autonomía y el autoaprendizaje. “La planificación inversa se centra en entender y atender las necesidades de aprendizaje de los estudiantes antes de definir los contenidos y métodos de enseñanza”, explica el académico.

Este enfoque, también conocido como Backward Design, implica tres pasos fundamentales: identificar los resultados deseados (competencias y habilidades), determinar las evidencias aceptables (evaluaciones auténticas) y, finalmente, planificar las experiencias de aprendizaje. De esta manera, “la evaluación deja de ser el punto final para convertirse en el punto de partida del proceso educativo”, aclara el experto.

Además, subraya que se trata de “una herramienta poderosa para la personalización de la enseñanza, que permite alinear los planes con los objetivos educativos a largo plazo de los estudiantes”. En la práctica, esto significa que cada lectura, proyecto o actividad responde directamente a una competencia profesional concreta, eliminando el “contenido de relleno” y optimizando el tiempo en aula.

En carreras como Ingeniería de Sistemas o STEM, por ejemplo, si el objetivo final es desarrollar prototipos sostenibles, la evaluación puede consistir en una defensa técnica con criterios de viabilidad, mientras que las actividades previas incluyen laboratorios colaborativos y simulaciones.

Por otro lado, carreras como Administración de Empresas o Publicidad y Marketing, el objetivo puede centrarse en diseñar estrategias éticas de mercado, evaluadas mediante casos reales con indicadores medibles, apoyados en análisis de datos y dinámicas de role-playing (simulación o juego de roles).

Los beneficios son claros. La planificación inversa aporta transparencia. El estudiante conoce desde el primer día qué se espera de él y por qué realiza cada actividad, lo que reduce la ansiedad y aumenta la motivación personal. Además, fomenta el pensamiento crítico por encima de la memorización superficial y mejora la retención del aprendizaje entre un 20% y 30%, según experiencias universitarias en Europa y Latinoamérica.

El estudio de Hidalgo Viteri en educación superior ecuatoriana demuestra que los modelos invertidos basados en planificación a la inversa mejoran el aprendizaje, con un 40% más de engagement estudiantil gracias a clases híbridas y rúbricas alineadas. Las experiencias en matemáticas y marketing, por ejemplo, evidencian mayor aplicación práctica que prioriza la planificación centrada en resultados.

En aulas híbridas o con metodologías como el aula invertida, este enfoque permite aprovechar mejor el tiempo presencial para debates, proyectos y resolución de problemas complejos. También se integra con estrategias como la gamificación o el aprendizaje basado en proyectos (PBL), donde los retos progresivos mantienen el engagement sin perder de vista la competencia final.

Quispe enfatiza que este enfoque “no solo transforma la dinámica de la enseñanza, sino que también empodera a los docentes para adaptar sus estrategias a las necesidades específicas de sus estudiantes”. En ese sentido, el rol del docente cambia, porque deja de ser únicamente transmisor de información para convertirse en diseñador de experiencias formativas.

En la educación superior, el riesgo no es solo cubrir el contenido, sino asegurar que el estudiante descubra y aplique el conocimiento en contextos reales. La planificación a la inversa responde a este desafío al alinear objetivos complejos con evaluaciones auténticas y actividades significativas. Así, la universidad no solo se convierte en transmisor de saberes, sino que forma profesionales capaces de comprender, aplicar y transformar su entorno con autonomía y sentido crítico.

 

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