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Se enamoraron en colegio, sus padres los separaron y 20 años después un milagro los volvió a unir

Guido y Rocío se enamoraron en la secundaria, pero una disputa entre sus familias los separó. Pasaron dos décadas construyendo vidas distintas, buscándose a escondidas y perdiéndose otra vez, hasta que un reencuentro inesperado y un embarazo imposible reescribieron su historia.

30/11/2025 6:25

Imagen referencial. Captura RR.SS.
Argentina

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El amor no empuja: acomoda, alinea, espera. Eso fue lo que hicieron Guido y Rocío, incluso cuando el mundo parecía decidido a torcerles el destino.

Cuando Guido cuenta su historia, no lo hace desde la nostalgia sino desde una certeza: hay vínculos que nunca entran del todo en pausa. Aunque se escondan, aunque los años pasen, aunque uno se convenza de que ya no duelen. Rocío fue su primera amiga, su primer amor, su primer dolor y, años después, su último reencuentro.

Hoy dice que a veces se quedan mirando dormir a su hijo y piensan lo mismo: que la vida les guardó un lugar al que llegar cuando estuvieran listos. No antes. No después.

Un amor que nació sin querer

Corría 2005. El barrio San José, entre Temperley y Almirante Brown, tenía una escuela con fama de “última opción”: la Media N° 14, conocida como la escuela castigo. Allí terminó Guido con 15 años y una mezcla de bronca y rebeldía por haber repetido octavo por tercera vez.

Un día helado entró al aula una chica que nadie conocía: pollera larga bordó, camisa blanca, pelo oscuro recogido, mochila celeste llena de stickers de corazones. Era Rocío. Llegó tarde y la profesora apenas la miró: “Sentate donde puedas, nena”.

El único banco libre estaba justo adelante de Guido.

Ella intentó pasar desapercibida, pero los útiles se le cayeron y él se apuró a ayudarla. Cuando levantó la vista, se encontró con dos ojos enormes llenos de vergüenza y carácter. “No hacía falta…”, murmuró Rocío. “Perdón, quise ayudarte”, respondió él. Ese gesto mínimo fue la puerta a algo enorme.

Al principio se evitaban. Ella, tímida y reservada; él, caradura y extrovertido. Pero cada día Rocío se sentaba un poco más cerca: primero adelante, luego en diagonal, hasta terminar compartiendo banco.

Y ahí empezaron las charlas interminables.

Ella dibujaba flores. Él usaba pulseras con calaveras. Ella era fan de Floricienta. Él escuchaba metal y decía que el amor era “para los giles”. Dos mundos opuestos que encontraron refugio el uno en el otro.

Los mejores amigos. Los primeros besos. Y el dolor que no se olvida

Guido empezó a visitar su casa. La mamá de Rocío lo observaba con lupa. Hacían la tarea juntos, escuchaban música bajito, tomaban mate cocido. Hasta que un día él confesó:

—Quiero que seas mi novia algún día.

Ella no dijo que sí. Pero tampoco dijo que no.

La relación quedó en suspenso hasta que él, en una torpeza que aún hoy lamenta, llegó un día al colegio con otra chica. Rocío se cambió de turno. Ese fue su primer gran quiebre.

Meses después, Guido apareció en el cumpleaños de Rocío con flores amarillas y una carta. Esa tarde se reencontraron. Cuatro días después, un beso contra un muro en Turdera selló lo que ellos ya sabían: estaban enamorados.

Fueron novios casi un año. Felices. Inseparables.

Hasta que las familias intervinieron.

Una disputa —nadie sabe si pelea, rivalidad o algo más— entre el padre de Guido y la madre de Rocío hizo que su relación quedara prohibida de un día para otro. Comenzaron los encuentros clandestinos, los papeles escondidos, las llamadas cortas desde un teléfono público. Hasta que, lentamente, el amor adolescente se desvaneció detrás del dolor.

Veinte años de vidas paralelas

Ella hizo su vida. Él también. Hubo parejas, hijos, trabajos, mudanzas. Y, aun así, cada tanto aparecía un mensaje perdido, un intento de reencuentro, un “¿cómo estás?”. Ella insistía. Él tenía miedo de repetir la historia. Finalmente, ella lo bloqueó. Desapareció. Lo “mató en vida”, como dice Guido.

Y él la buscó durante seis años.

Nunca la encontraba. Hasta que un día, revisando una cuenta vieja, su nombre apareció.

La contactó. Ella respondió. Hubo lágrimas, dudas, palabras guardadas durante dos décadas.

El 20 de enero de 2023, Guido llegó a la casa de Rocío. Ella abrió la puerta. Se quedaron mirándose largo. Se abrazaron como dos personas que cargaban una vida entera de historias inconclusas.

Sin decirlo, volvieron.

No fue fácil: peleas, miedos viejos, escasez. Pero estaban juntos.

El milagro que cambió el final

Una madrugada de junio, Rocío lo despertó:

—Guido… creo que estoy embarazada.

—Es imposible… —respondió él casi en un susurro.

Rocío tenía las trompas ligadas desde su último hijo. Pero los milagros no piden permiso. El test dio positivo. Lloraron como los adolescentes que alguna vez fueron y como los adultos que por fin se reencontraban.

Ese bebé no solo era una vida nueva: era la respuesta a veinte años de historias cruzadas.

Hoy viven juntos. Crían a su hijo. Siguen armando un amor real: imperfecto, intenso, sobreviviente.

Guido lo sintetiza mejor que nadie:

—No todo es color de rosa, pero el amor sigue intacto. Y así será siempre.

A veces, el amor vuelve cuando puede sostenerse de verdad

Cuando uno ya sabe quién es.

Cuando el dolor se convirtió en aprendizaje.

Cuando el tiempo hizo su trabajo.

Y cuando la vida —caprichosa, mágica, impredecible— decide que ya es el momento.

A veces, solo a veces, el amor vuelve después de veinte años…y trae un milagro bajo el brazo.

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