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Pedagogía contemporánea promueve el error como oportunidad de aprendizaje

Durante años nos enseñaron que el error es sinónimo de fracaso. Hoy, la pedagogía contemporánea propone cambiar esa mirada y entenderlo como lo que realmente es: una oportunidad poderosa de aprendizaje. Porque equivocarse también es aprender. 

16/01/2026 11:56

FOTO: Unifranz

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El error suele estar vinculado al fracaso, a la sanción y a las bajas calificaciones dentro del ámbito educativo. Sin embargo, los enfoques pedagógicos contemporáneos proponen resignificarlo como una herramienta clave para el aprendizaje profundo. 

Desde la psicología educativa, Tatiana Montoya, docente de Psicología y miembro de la Jefatura de Enseñanza y Aprendizaje (JEA) de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), sostiene que equivocarse no solo es inevitable, sino necesario para aprender. 

“Todos nos equivocamos. Incluso los animales aprenden por ensayo y error. Si uno no se equivoca y fracasa, no hay aprendizaje”, explica, subrayando que errar puede convertirse en un recurso pedagógico poderoso cuando se gestiona adecuadamente.

La pedagogía contemporánea promueve el error como parte del aprendizaje, pero no el error en sí mismo, sino la reflexión y retroalimentación que ocurre después del error. En enfoques actuales —constructivismo, aprendizaje significativo, evaluación formativa, aprendizaje basado en problemas— el error se entiende como información que revela cómo piensa el estudiante.

Un estudio realizado en la Universidad Francisco de Paula Santander (Colombia), titulado “El error como estrategia didáctica de enseñanza-aprendizaje en la resolución de problemas matemáticos en estudiantes de educación primaria”, propone el uso de los errores más frecuentes como una herramienta pedagógica para identificar dificultades en el aprendizaje matemático. 

La investigación evidencia que cuando el error se aborda de manera reflexiva y formativa, en lugar de punitiva, se favorece el aprendizaje significativo, fortaleciendo la comprensión y la resolución de problemas en estudiantes de educación primaria.

Uno de los primeros pasos es normalizar el error dentro del aula. Crear un ambiente seguro, donde equivocarse sea parte natural del proceso, reduce el miedo a participar y fortalece la confianza del estudiante. Cambiar el lenguaje resulta clave: sustituir frases como “está mal” por “el error es información” permite comprender que fallar aporta datos valiosos sobre cómo mejorar. 

En este contexto, Montoya enfatiza que “lo importante es crear espacios donde las equivocaciones no se castiguen, sino que se analicen, se comprendan y se transformen en estrategias de mejora”.

Otra estrategia fundamental es la retroalimentación constructiva, inmediata y específica, centrada más en el proceso que en el resultado final. Expresiones como “tu razonamiento es correcto hasta este paso, revisemos juntos lo que sigue”, orientan al estudiante sin desmotivarse. 

Este acompañamiento favorece la autorregulación y refuerza la autoeficacia, entendida como la capacidad de reconocer el error, corregirlo y ejecutar la tarea de manera diferente. 

“Debemos darnos cuenta de dónde cometimos el error, corregirlo, organizarnos, planificar y ejecutar la tarea de manera diferente hasta encontrar la solución precisa. Eso se llama autoeficacia”, señala Montoya.

El aprendizaje basado en problemas, junto a la gamificación del error también permiten integrar la equivocación como parte del descubrimiento. En dinámicas de juego, repetir niveles hasta superar un reto refuerza la idea de que equivocarse es avanzar. Asimismo, analizar errores comunes como casos de estudio colectivos promueve el aprendizaje colaborativo y el pensamiento crítico. 

Desde la neurociencia, la pedagogía del error cobra aún más sentido, estudios citados por Robert Bjork y proyectos de la Universidad Complutense indican que la dopamina liberada tras corregir un error puede fortalecer las sinapsis hasta en un 50% más que los aciertos pasivos, potenciando el aprendizaje duradero.

Montoya destaca que el fracaso bien gestionado aporta múltiples beneficios, porque estimula la resiliencia, fomenta la humildad y promueve la empatía. “Aquellos que han experimentado fracasos y han perseverado están mejor equipados para manejar los altibajos de la vida”, afirma la especialista.

Además, añade que “el éxito rara vez es un camino directo. Grandes inventores, científicos, artistas y empresarios han enfrentado fracasos significativos. Su capacidad para aprender de estas experiencias y perseverar es lo que los distingue”.

Este enfoque no es aislado. Universidades como Hamilton College, bajo el lema Failing better, han incorporado programas que normalizan el error para reducir la ansiedad académica, especialmente en la Generación Z. Estas iniciativas redefinen el éxito educativo y promueven una cultura donde fallar no es una falla moral, sino un paso hacia el aprendizaje significativo.

Asumir el error como aliado exige un nuevo enfoque educativo. “Cada error que cometemos nos brinda la oportunidad de reflexionar sobre lo que salió mal, identificar áreas de mejora y ajustar nuestra estrategia para el futuro”, afirma Montoya. 

En este sentido, el rol del docente es acompañar, no castigar; facilitar el ensayo y error, no solo evaluar aciertos. También la familia cumple un papel clave al evitar transmitir miedo al fracaso. Así aprender a equivocarse es también una herramienta de salud mental. 

Educar en el error no significa fomentar la mediocridad, sino cultivar resiliencia, pensamiento crítico y humanidad. Porque errar, cuando se reflexiona y se aprende de ello, puede ser el camino más sólido hacia un aprendizaje profundo y transformador.
 

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